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"Nada podemos esperar sino de nosotros mismos"   SURda

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29-06-2013

 

 

 


 

Paolo Gerbaudo: sobre movimientos sociales y Brasil

 

 

SURda

 

Opinión

Marcelo Justo

 

Brasil

 

En diálogo con “Carta Maior” Paolo Gerbaudo, académico del Kings College, especializado en los nuevos movimientos sociales, analizó las expectativas y los límites de estos movimientos políticos y su significado en el caso particular de Brasil.

 



Londres - Las protestas que han sacudido los sistemas políticos de naciones tan dispares como Egipto y Brasil en los últimos tres años no provienen de la estructura política tradicional sino de la calle, de una tradición movimientista. En la Europa de la austeridad, en el Brasil de Dilma Roussef, en la primavera árabe y en la Turquía pro-islamista de Recep Tayyip Erdogan estos movimientos - se llamen indignados, Movimiento Pase Libre u Ockupy - tienen rasgos organizativos similares, una mezcla de espontaneidad, demandas específicas y escasas proclamas programáticas. En diálogo con “Carta Maior” Paolo Gerbaudo, académico del Kings College, especializado en los nuevos movimientos sociales, analizó las expectativas y los límites de estos movimientos políticos y su significado en el caso particular de Brasil.

¿Usted ve alguna similitud entre lo que pasó en Brasil y Turquía y los movimientos sociales europeos como indignados o ockupy?

Paolo Gerbaudo – Estos movimientos son a la vez similares y diferentes. La diferencia pasa por el medio social en el que ocurren. Los movimientos en Brasil y en Turquía expresan diferentes realidades que los de España, Estados Unidos. No se puede postular una pertenencia unilinear. Pero hay similitudes que se ven en la manera en que los manifestantes expresan su protesta, en los símbolos que usan. La máscara de Vendetta, como símbolo de cierto anarquismo antiautoritario, es un ejemplo. Se la ve en las protestas de Dubai, en las de Egipto. En la tapa de un diario turco apareció una foto muy interesante durante las manifestaciones de Brasil. En una mitad de la tapa estaba un manifestante con la máscara de Vendetta y la bandera de Brasil. En la otra mitad había un manifestante en Turquía con la máscara de Vendetta y la bandera turca.

Lo que muestra otro elemento. A diferencia de los movimientos antiglobalizadores estos movimientos son nacionales como se ve en la presencia de las banderas. En los movimientos antiglobalización, había un fuerte elemento contracultural y minorista. Un postulado básico era la diversidad de tácticas y pertenencias: anarquistas, feministas, ecologistas eran parte de un movimiento que se basaba en la idea de resistencia en un momento en que la mayoría sentía que el sistema le estaba ofreciendo suficientes cosas como para estar conformes. No es la situación ahora que hay un fuerte rechazo del neoliberalismo. Si uno pregunta a la gente lo que piensa de los bancos o del sistema económico, la respuesta intuitiva, sin usar un lenguaja técnico, es casi unánime de indignación sobre la disfuncionalidad del sistema.

Pero si en la Europa de los 60 o 70 hubiera ocurrido una austeridad como la que sucede ahora, la respuesta habría sido mucho más fuerte, casi una situación pre-revolucionaria. Una cosa que sorprende de lo que está pasando es que haya tomado tanto tiempo en articular una respuesta. ¿Qué es lo que está faltando?

Paolo Gerbaudo - Estos movimientos no comienzan con una identidad centrada en una ideología. Son lugares de convergencia que comparten la sensación de ser víctimas del sistema. No son un movimiento minoritario. Estuve en España y una cosa que me impresionó mucho fue que en las asambleas se paraba a hablar un experto en computación y decía “yo también estoy indignado” y a su lado había una jubilada que veía una fuerte reducción de su jubilación y decía lo mismo que ella también estaba indignada.

Este “también” es fundamental. Estos movimientos todavía están luchando por tener una visión coherente, no solo la oposición a lo que hay. Las Asambleas Populares son un intento de construir esta visión. En un sentido son un paso fundamental, pero no hay que confundirse, no hay que idolatrizarlas. Las asambleas no son la solución, ni van a producir resultados. En la Asamblea se reúne gente que comparten los mismos reclamos, pero que tienen identidades políticas distintas. Los indignados están dividiéndose ahora entre los que tienen una raigambre liberal-conservadora en la que hasta hay un miembro del Opus Dei y los otros que son autonomistas.

En Argentina hoy se puede ver un ciclo completo de las Asambleas. Al principio de la crisis, en 2001-2002 fueron muy importantes pero luego, a medida que la economía se recuperó, se fueron diluyendo. Hoy son políticamente irrelevantes. ¿No es este un problema de todos estos movimientos que dependen totalmente de una crisis?

Paolo Gerbaudo Totalmente. Las Asambleas son una especie de sueño anarquista de que se va a poder funcionar con un sistema de asambleas. Se ha visto en Argentina, en Grecia, en España. Hay un extraordinario entusiasmo cuando el movimiento comienza con la idea de que van a sustituir los gobiernos, pero esto no ocurre, en parte porque las asambleas requieren un gasto de energía extraordinariamente grande. A Oscar Wilde le atribuyen una frase que refleja esto: “el socialismo requiere demasiadas reuniones los miércoles por la noche”. A la gente le encantan las reuniones, pero las reuniones son agotadoras. Las Asambleas son un medio, parte de las herramientas que tenemos para un cambio. El peligro es que creamos que los medios son lo importante. Es lo que dice uno de los ideólogos del movimiento Occupy Wall Street, David Graeber, lo “importante son los medios correctos”. Esto es como decir, no importa la ideología, la visión, importa la democracia.

Sin embargo, hay insinuaciones de ideología en todos estos movimientos. En una carta del movimiento pase libre a Dilma Rousseff se lee que “el transporte debe ser público de verdad, accesible a todos, o sea, un derecho universal. Cuestionar la tarifa es cuestionar la propia lógica de la política tarifaria que somete el transporte al lucro de los empresarios y no a la necesidad de la población”. En esa carta plantea además que este criterio se debería aplicar no solo al transporte sino a la salud, la educación, etc. Esto parece un gérmen de ideología.

Paolo Gerbaudo – Exactamente. Pero tienen una limitación. No plantean una hoja de ruta. ¿Por qué? Porque no se está aceptando que es el estado el que va a tener que resolver el tema. ¿A quién le estamos planteando esta demanda? Al estado. En el caso de Brasil es claro. Hay una contradicción entre lo que se plantea como parte de un movimiento autónomo que rechaza al estado pero que a su vez depende del estado para la satisfacción de sus demandas. Pero sí hay un germen de una ideología basada en los derechos sociales, basada en la idea de la gente común y corriente, una ideología que pone el énfasis en el derecho al espacio ciudadano. Es una serie de de demandas que reflejan la estructura social en el movimiento, la precaria clase media que quiere hospitales, espacios públicos, parques, educación, transporte.

En Brasil los cinco pactos que propuso Dilma a gobernadores y alcaldes se centran en esos puntos, salud, educación, transporte, reforma fiscal y reforma política. ¿Cree que con esto se va a poner fin a la crisis?

Paolo Gerbaudo – No lo sé. Estos movimientos están criticando el sistema de partidos políticos. No sé si la cooptación selectiva va a ser suficiente para desarmar estos movimientos. Puede ser. Estas concesiones posiblemente pacifiquen a ciertos componentes del movimiento. Pero al mismo tiempo es probable que se creen nuevos partidos que intenten integrar estos elementos.

En Brasil se da una paradoja. Las protestas ocurren con un gobierno popular que ha aumentado los planes sociales en un país con pleno empleo. No se da la crisis europea de la austeridad.

Paolo Gerbaudo Es que hay una manera de entender estas protestas en las que se piensa que se alimentan de la privación. La lógica sería cuanto más hambres más protestas. Pero se da también la lógica inversa. Cuanto más derechos consigue alguien quiere más. En Brasil la situación hoy es mucho mejor. Pero como dice Rodrigo Núñez en un artículo en Al Jazeera hay que diferenciar entre crecimiento cuantitativo y cualitativo. Se gana más, pero los servicios son peores. No he estado en Brasil, pero mucha gente me ha hablado de que la infraestructura de transporte, el sistema de salud son terribles. Todo esto afecta la cualidad de vida en momentos en que al país parece irle muy bien. Esto pasa también en Turquía. Puede haber mucho desarrollo, pero la respuesta de la gente es que no se trata simplemente de aumentar un criterio abstracto de medición como es el PIB, sino de vivir mejor.

En estos episodios la reacción de los gobiernos y de la policía parece cumplir un rol disparador y aglutinador. ¿Es esto una parte esencial en la aparición de movimientos como estos que, de la noche a la mañana, pasan a dominar toda la agenda política?

Paolo Gerbaudo - Al principio lo que los une es el estado. En Egipto lo que unió a todo el mundo fue la policía. Todo el mundo odia a la policía. La reacción de la policía representa que solo hay palo: no hay zanahoria. Y el estado queda representado en la policía. No es la policía usada para mantener un orden social justo, sino la policía que sirve para la injusticia social, un imán que unifica a toda la gente.

Una cosa que estos movimientos traen a la superficie es el problema de la representación política. Estos movimientos sociales son una crítica implícita o explícita a los partidos políticos tradicionales.

Paolo Gerbaudo – Los partidos han existido siempre. En los tiempos de Roma existía el partido popular y el de los los patricios. Hoy se critica a los partidos políticos, pero la realidad es que tienen una base masiva. Incluso en un país tan apolítico como el Reino Unido, los conservadores tienen unos tres millones de miembros. Es decir que estos partidos tienen una cierta legitimidad. Me inclino por la tesis de Gramsci, la convivencia de movimientos y partidos. Los movimientos pueden tener un efecto autodestructivo. Es lo que pasó en cierta medida en Egipto en el que los movimientos desecharon toda organización y estructura y el resultado fue que abrieron la puerta a la hermandad musulmana que hoy gobierna el país con resultados desastrosos.

En cuanto al partido leninista, creo que el desafío es cómo movernos hacia nuevas formas de representatividad política que vayan más allá del centralismo democrático. No es simplemente una disquisición intelectual. Se ve claramente en el movimiento en Italia donde se plantea la creación de nuevas formas de participación democrática a través del internet. Todo esto es bastante problemático porque el movimiento tiene una terrible paradoja entre ser participativo y tener un líder paternalista como Beppe Grillo que decide quién está en el movimiento. Es algo que está intentando responder en España el Partido del Futuro, nacido del movimiento indignados, ¿cómo vamos a usar el internet y la media para reconstruir formas de participación que no se pueden tener con los partidos?

http://www.cartamaior.com.br/templates/materiaMostrar.cfm?materia_id=22255
Fotos: José Cruz/Agência Brasil

 
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